La Perseverancia


Apostatar de La Fe



Jud 1, Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo:
Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.


2Pe 2:20-22 Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado, Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.


Es acerca de este mismo hecho de apostasía de la fe y sus correspondientes experiencias que Pedro trata en este pasaje. No se puede dudar de que Pedro tenía en mente a personas que tenían el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, que habían conocido el camino de la justicia, y que mediante él habían escapado de las contaminaciones del mundo, pero que se habían de nuevo enredado en estas contaminaciones y que se habían apartado del santo mandamiento que les había sido dado, de manera que «les ha acontecido lo de aquel proverbio tan verdadero: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno». Así, la misma Escritura nos lleva a la conclusión de que es posible tener una experiencia muy enaltecedora, ennoblecedora, reformadora y entusiasmante del poder y la verdad del evangelio,

entrar en tal estrecho contacto con las fuerzas sobrenaturales que operan en el reino de la gracia de Dios, de modo que estas fuerzas produzcan efectos en nosotros que para la observación humana son difícilmente distinguibles de los producidos por la gracia regeneradora y santificante de Dios y, sin embargo, no ser participantes de Cristo ni herederos de la vida eterna. Una doctrina de la perseverancia que no llegue a tener en cuenta tal posibilidad, y su realidad en ciertos casos, es una doctrina distorsionada, y ministra a una dejadez que es totalmente contraria a los intereses de la perseverancia. En realidad, deja de ser en absoluto la doctrina de la perseverancia.
Esto nos lleva a una mejor comprensión de la aptitud y expresividad de la designación: «La perseverancia de los santos». No es en el mejor interés de la doctrina involucrada poner en su lugar la designación «La seguridad del creyente», no porque esto último sea un error por sí mismo, sino porque la primera fórmula está dispuesta de una manera mucho más cuidadosa e inclusiva. La misma expresión «La perseverancia de los santos» por sí misma previene contra todo concepto o sugerencia en el sentido de que un creyente esté seguro, esto es, seguro en cuanto a su salvación eterna, con independencia de hasta qué punto pueda caer en pecado y recaer de la fe y de la santidad. Y guarda en contra de esta manera de presentar la posición del creyente porque esta manera de enunciar la doctrina es perniciosa y perversa. No es cierto que el creyente esté seguro por mucho que caiga en pecado e infidelidad.
¿Por qué no es cierto? No es cierto porque declara una combinación imposible. Es cierto que el creyente peca; puede caer en un grave pecado y andar errante por un largo tiempo. Pero también es cierto que un creyente no puede abandonarse al pecado; no puede quedar bajo el dominio del pecado; no puede hacerse culpable de ciertas clases de infidelidad. Por ello, es absolutamente erróneo decir que un creyente está seguro con independencia de su posterior vida de pecado e infidelidad. La verdad es que la fe de Jesucristo es siempre dependiente de la vida de santidad y fidelidad. Y, por ello, nunca es apropiado pensar de un creyente con independencia de los frutos en fe y santidad. Decir que un creyente está seguro, sea cual sea el grado de su adicción al pecado en su vida posterior, es sacar la fe de Cristo de su misma definición, y ministra a aquel abuso que convierte la gracia de Dios en disolución. La doctrina de la perseverancia es la doctrina de que los creyentes perseveran; no se puede destacar suficiente que es la perseverancia de los santos. Y esto significa que los santos, los unidos a Cristo por el llamamiento eficaz del Padre y en quienes mora el Espíritu Santo, perseverarán hasta el fin. Si perseveran, se mantienen, continúan. No se trata de que vayan a ser salvos con independencia de su perseverancia o continuidad, sino que ciertamente perseverarán. Consiguientemente, la seguridad que poseen es inseparable de su perseverancia. ¿No es esto lo que Jesús dijo? «El que persevere hasta el fin, éste será salvo.»
Es en este mismo sentido que Pedro escribe a aquellos que tienen la esperanza viva de «una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos.» Éstos son los que son «guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo» (1 P. 1:4, 5). Hay tres cosas particularmente dignas de mención:
1ª Son guardados;

2ª son guardados por medio de la fe;
3ª son guardados hasta la final consumación, la salvación que ha de ser revelada en el último tiempo.
No es persistir por un poco de tiempo, sino hasta el fin, y no es persistir con independencia de la fe, sino mediante la fe. No nos refugiemos entonces en nuestra pereza ni nos alentemos en nuestra concupiscencia en base a la abusada doctrina de la seguridad del creyente. En cambio, apreciemos la doctrina de la perseverancia de los santos, y reconozcamos que podemos mantener la fe de nuestra seguridad en Cristo sólo en cuanto a que perseveremos en fe y santidad hasta el fin. No era nada menos que la meta de la resurrección para vida y gloria lo que tenía Pablo en mente cuando escribió: «Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta, para conseguir el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Fil. 3:13, 14).
La perseverancia de los santos nos recuerda de forma muy intensa que sólo los que perseveran hasta el fin son verdaderamente santos. No alcanzamos el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús de manera automática. La perseverancia significa la dedicación de nuestras personas a la más intensa y concentrada devoción a aquellos medios que Dios ha ordenado para alcanzar su propósito salvador. La doctrina escrituraria de la perseverancia no tiene afinidad con el quietismo y el antinomianismo que son tan dominantes en los círculos evangélicos.
Pero aunque es cierto que sólo aquellos que perseveran son santos, permanece la cuestión: ¿perseverarán los santos? ¿Está ordenado y provisto por Dios de tal manera que aquellos que verdaderamente creen en Dios perseverarán hasta el fin? La respuesta a esta pregunta es un enfático si. Aquí es tan importante negar el principio arminiano de que los santos pueden «caer de la gracia» como lo es contrarrestar la presunción y licencia antinomiana.
Por supuesto, es verdad que la expresión «caer de la gracia» aparece en la Escritura (Gá. 5:4). Pero Pablo no está aquí tratando acerca de la cuestión de si un creyente puede caer del favor de Dios y finalmente perecer, sino acerca del apartamiento de la pura doctrina de la justificación de la gracia en contraste a la justificación por las obras de la ley. Lo que Pablo está diciendo en realidad es que si tratamos de justificarnos por las obras de la ley en cualquier manera o grado, hemos abandonado la justificación por la gracia o caído totalmente de la misma. En la justificación no podemos tener una mezcla de gracia y obras. Si incluimos obras en cualquier grado, entonces hemos abandonado la gracia y somos deudores para hacer toda la ley (cf Gá. 5:3). Esta enseñanza de Pablo acompaña a toda la cuestión de la perseverancia. Porque ningún artículo de nuestra fe es más importante en la promoción de la perseverancia que la doctrina de la justificación por la sola gracia por medio de la sola fe. Pero Pablo no está aquí tratando con creyentes que caen de la gracia de Dios. Esto sería incongruente con la propia clara enseñanza de Pablo en otros pasajes en sus epístolas. En realidad, es a la propia enseñanza de Pablo que podemos apelar en primer lugar para establecer la posición de que los santos perseveraran.

¿Quiénes son los «santos» en los términos del Nuevo Testamento? Son los que son llamados a ser santos, los llamados de Jesucristo (Ro. 1:6, 7). Es del todo imposible separar lo que el Nuevo Testamento significa por la condición de santo del llamamiento eficaz mediante el que los pecadores son introducidos a la comunión de Jesucristo (1 Co. 1:9). Ahora hemos de preguntar: ¿Cuáles son, en la enseñanza de Pablo, las relaciones de este llamamiento que constituye a una persona como santo?
Se nos dice en Romanos 8:28-30. Tenemos aquí una cadena irrompible de acontecimientos que proceden del propósito eterno de Dios en anticipado conocimiento y predestinación a la glorificación del pueblo de Dios. Es imposible separar el llamamiento de este marco. Los llamados lo son conforme a su propósito (v. 28); el propósito es antecedente al llamamiento. Y esto es lo que Pablo dice otra vez en los versículos 29 y 30, donde expone el propósito de Dios en términos del previo conocimiento y la predestinación: «A los que de antemano conoció, también los predestinó... y a los que predestinó, a éstos también llamó.» Además, así como el llamamiento tiene sus antecedentes en el anticipado conocimiento y predestinación, así tiene sus consecuentes en justificación y glorificación: «y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó» (v. 30). En relación con el tema presente, no podemos rehuir el significado de este pasaje. Éstos que ahora nos ocupan son santos, los llamados de Jesucristo; son aquellos que son justificados por la fe de Jesucristo.
Un verdadero cristiano no puede ser definido con términos inferiores que uno que ha sido llamado y justificado. Y, por tanto, la pregunta es: ¿puede alguien que ha sido llamado y justificado recaer y no alcanzar la salvación eterna? La respuesta de Pablo es inesquivable: los llamados y los justificados serán glorificados. Igualmente, si vamos en la dirección opuesta, llegamos al mismo resultado. Los llamados son los que han sido predestinados para ser modelados conforme a la imagen del Hijo de Dios (v. 29). ¿Es posible pensar que sea frustrado el propósito predestinador de Dios? Ni siquiera un arminiano dirá esto. Porque cree que Dios predestina para salvación eterna a aquellos que él prevé que perseverarán hasta el fin y se salvarán.
Debemos darnos cuenta de qué es lo que está en juego en esta controversia. Silos santos pueden recaer y perderse eternamente, entonces los llamados y justificados pueden recaer y perderse. Pero esto es 10 que el apóstol inspirado dice que no sucederá ni puede suceder: aquellos a los que Dios llama y justifica, también los glorifica. Y esta glorificación no es nada menos que la conformación a la imagen del mismo Hijo de Dios. Es a esto a lo que se refiere Pablo cuando dice que Dios «transfigurará el cuerpo de nuestro estado de humillación, conformándolo al cuerpo de la gloria suya (esto es, de Cristo) (Fil. 3:21), y que llama en Romanos 8:23 «la adopción, la redención de nuestro cuerpo». La negación de la perseverancia de los santos destruye el sentido explícito de la enseñanza del apóstol.
Podríamos descansar el argumento de la doctrina de la perseverancia sobre este solo pasaje. Pero la Escritura nos provee con adicional confirmación. Es bueno recordar las palabras de aquel que habló como jamás hombre alguno habló; que descendió del cielo para hacer la voluntad de aquel que le había enviado, para que de todo lo que el Padre le había dado no perdiera ninguno, sino que lo resucitara en el último día (Jn. 6:39). Ciertamente, nadie negará que un santo en términos del Nuevo Testamento es uno que cree en Cristo. Un santo es un

creyente. Y ¿qué dice Jesús acerca del creyente? «Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el último día» (Jn. 6:40). ¿Y debemos entretener siquiera la más remota sospecha de que esta voluntad del Padre vaya a quedar frustrada? Jesús nos asegura aquí que no será así, porque él nos define la secuela. No sólo dice que es la voluntad del Padre que todo aquel que cree en él tenga vida eterna, sino que «yo le resucitaré en el último día». Para que no tengamos duda en cuanto al carácter de esta resurrección en el último día, nos informa en el versículo precedente que esta resurrección en el último día está en contraste con la pérdida de cualquier cosa que el Padre le haya dado. En otras palabras, la resurrección en el último día de que está hablando Jesús es la resurrección que va unida a asegurar contra pérdida aquello que el Padre le había dado: «Y esta es la voluntad del Padre, que me envió: Que de todo lo que me ha dado, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el último día» (v. 39). ¿Y no nos da Jesús la certidumbre más clara de que un creyente no puede perecer cuando dice: «Al que a mi viene, de ningún modo lo echaré fuera»? (v. 37). Acudir a él es sencillamente creer en él. Y la seguridad que Jesús presenta y garantiza alcanza plenamente la resurrección para vida en el último día.
Pero esto no es todo. Haremos bien en examinar aún más estos discursos de Jesús tal como están registrados en el evangelio de Juan. Jesús dice también: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí» (6:37). Siempre que hay el don de parte del Padre hay el consecuente o concomitante inevitable de acudir a Cristo, es decir, de creer en él. Pero también es cierto que siempre que hay un venir a Cristo hay también la donación de parte del Padre, porque Jesús dice también que nadie puede acudir a él si el Padre no le atrae (6:44) y si no le es dado por el Padre (6:65). En este discurso habremos de considerar la donación de hombres a Cristo y la atracción de hombres a Cristo por parte del Padre como dos aspectos del mismo acontecimiento, dos maneras en que se puede contemplar el mismo acontecimiento. La atracción del Padre contempla el acontecimiento como una acción ejercida sobre los hombres: la donación a Cristo como dádiva de parte del Padre al Hijo. Es imposible pensar en estos aspectos como separables. En resumen, tenemos que nadie puede acudir a Cristo excepto por donación a Cristo de parte del Padre. Y hemos ya encontrado en las palabras expresas de Jesús que cada uno que es así donado acude a Cristo y cree en él. Por ello, la donación de parte del Padre y acudir a Cristo de parte de los hombres es algo inseparable uno no puede existir sin lo otro, y donde hay lo uno, hay lo otro.
Si volvemos ahora a Juan 10, encontraremos, sobre este trasfondo, una confirmación concluyente de la verdad de que los creyentes no pueden perecer. Jesús habla de nuevo de aquellos que le han sido dados por el Padre. No podemos disociar la donación a que se hace referencia aquí de la donación a que se hace referencia en Juan 6, aunque Jesús introduzca una nueva designación mediante la que caracterizar a las personas de que se trata, esto es, que son sus ovejas. ¿Qué es lo que Jesús dice? «Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa» (10:29, 30). Cuando inquirimos en cuanto al sentido de esto, que nadie pueda arrebatar de la mano del Padre, lo encontramos en las palabras precedentes de Jesús: «Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano» (10:28).
Lo que Jesús está tratando aquí es evidentemente la seguridad infalible de aquellos que le han sido dados por el Padre: «no perecerán jamás». Y esta misma seguridad está garantizada por el hecho de que nadie los arrebatará de su mano. Es para confirmar esta verdad que él dice: «Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.» La garantía de la infalible preservación es que las personas dadas al Hijo están en la mano del Hijo, y aunque dadas al Hijo, siguen misteriosamente estando en manos del Padre. No pueden ser arrebatados de la mano de ninguno de ellos. Esta es la heredad de aquellos que son dados por el Padre.
Pero debemos recordar que todos los que son dados a Cristo acuden a Cristo, esto es, creen en él, y que todos los que creen en él son los que le han sido dados. Por ello, no es simplemente de aquellos que le han sido dados por el Padre que Jesús está hablando en Juan 10:28,29; se refiere también a creyentes. Hemos visto en los pasajes de Juan 6 que los dados son creyentes, y que los creyentes son los que son dados. Por ello, de todos los creyentes, esto es, de todos los que acuden a Cristo en los términos de Juan 6:37, 44, 45, 65, se puede decir, en base a la autoridad de aquel que es la verdad, el verdadero Dios y la vida eterna, que los creyentes en el nombre de Jesús nunca perecerán, que serán resucitados en el último día en la resurrección de los bienaventurados. En el lenguaje de Pablo, «alcanzarán la resurrección de entre los muertos» (Fil. 3:11).
Cuántas razones tenemos en esta verdad para maravillarnos de la gracia de Dios y de la inmutabilidad de su amor. Es la indisolubilidad del vinculo del pacto de la gracia de Dios lo que ciñe este precioso artículo de fe. «Porque los montes se apartarán, y los collados serán sacudidos, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene compasión de ti» (Is. 54:10).

1 Comment:

  1. Anónimo said...
    Estamos pronot a analizar uno de los pasajes más controversiales del Nuevo Testamento. Para los arminianos, esta es la prueba de que la perseverancia de los santos no existe, y que por lo tanto, un cristiano puede rechazar a Cristo en algún punto de su vida. Para los calvinistas es la prueba de que un creyente no puede ser un apóstata, y que lo que presenta el autor del libro de Hebreos son personas que no son creyentes.
    Los calvinistas están en lo correcto en afirmar que la Biblia enseña enfáticamente la preservación y la perseverancia de los santos. Cristo afirmó que sus ovejas ‘nunca perecerán’ (Juan 10: 28). Si la Biblia no se puede contradecir entonces el pasaje de Hebreos 6, no puede estar diciendo que un creyente puede rechazar la gracia y la fe que le fue otorgada por Dios (Efesios 2: 8). Si el apóstol Pablo, siendo llevado por el Espíritu Santo escribió que nada puede separar a un creyente del amor de Dios (Romanos 8: 35-39), entonces el pasaje de Hebreos tampoco puede afirmar lo contrario.
    El pasaje de Hebreos 6 dice lo siguiente,
    “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio.” Hebreos 6: 4-6

    La dificultad principal está en saber si el pasaje está hablando de personas que han sido regeneradas o de personas no regeneradas?

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