¿Llenos del Espíritu Santo o Bautizados en el Espíritu Santo?
Publicado por Biblioteca Reformada en 9:35¡CREO EN EL ESPÍRITU SANTO!
La Confesión de Fe Apostólica profesa muy detalladamente la fe en Cristo, el Hijo de Dios. Pero acerca de la tercera persona de la Santísima Trinidad no dice más que esto: “Creo en el Espíritu Santo”.
Pero esto no quiere decir que los redactores de esta Confesión de Fe no supieran decir más que eso. Sencillamente ocurrió que en tiempos de la redacción de esta Confesión de Fe no era necesario combatir ningún error acerca del Espíritu Santo. Por lo demás, parece que el Espíritu Santo tampoco llamaba
mucho la atención. El Espíritu Santo se sentiría desconcertado si se dirigiesen a Él todos los focos de atención, pues Él mismo quiere hacer caer el haz de luz en Dios Padre y en el Hijo. El Espíritu llama la atención hacia el Hijo, y el Hijo hacia el Padre. (Ver los caps. 14 al 17 del evangelio de Juan).
Sin embargo, con esto no se dice que el Espíritu Santo sea insignificante e intranscendente. Pues en la Biblia queda claro que todo funciona por Él, aunque no en torno a Él. Esto se puede comparar con una madre (o quizá con un padre) de una familia muy atareada: todo funciona por medio de ella, pero no en torno a ella, al menos cuando todo va bien. Por eso en la Biblia leemos constantemente acerca del
Espíritu Santo, sin que Él exija ex profeso nuestra atención.
Individuos
Ya en la primera página de la Biblia nos encontramos con el Espíritu Santo: “Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gn. 1: 2). Por medio de Él la tierra fue hecha más que apropiada para ser ocupada por el hombre. Dios hizo todo “por el aliento de su boca” (Sal. 33: 6b). La palabra hebrea para indicar aliento, también puede ser traducida por Espíritu. Así pues, por su Espíritu creador y vivificador, Dios es no sólo Origen, sino también Conservador de la vida y de la creación. Cuando Dios envía su Espíritu, son creadas plantas, animales y hombres, y se suceden las estaciones
del año (Sal. 104: 30). En el Antiguo Testamento leemos también acerca de la acción del Espíritu en determinadas personas. En la mayoría de los casos, se trata de individuos que son preparados
para una tarea en la que deben servir a todo el pueblo. Recuérdense jueces (Jue. 3: 10; 6: 34; 11: 29), reyes (1 Sam. 16: 13) y especialmente profetas (Ez. 11: 5). Pero, en aquel mismo tiempo, el SEÑOR prometió muchas veces que daría su Espíritu a todos en una medida más abundante. A este respecto, podemos leer, entre otros pasajes, el de Ez. 36: 25-28, donde el SEÑOR promete una purificación de su pueblo, con esta promesa: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”. Y en Joel 2: 28-32, leemos: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobra toda carne”. Sin embargo, antes de que esta profecía pudiese cumplirse, primero debía llegar el Señor Jesús.
Jesús y el Espíritu Santo
El Espíritu de Dios reposó total y perfectamente en Jesucristo. Esto se hizo visible en su bautismo en el Jordán (Lc. 3: 21-22). Cuando poco después predicó sobre el texto: “El Espíritu del SEÑOR está sobre mí, por cuanto me ha ungido” (Lc. 4: 18), todos lo comprendieron: -¡Este pasaje se refiere a Él!
Pero Jesús también ha merecido el don del Espíritu como un don para todos nosotros:
“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en El; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn. 7: 38-39).
Pentecostés: el Espíritu sobre todos
El don que Cristo había merecido, fue derramado por Él mismo sobre toda la Iglesia en el día de Pentecostés (Hch. 2: 33). Con ello se cumplieron todas las promesas del Antiguo Testamento. Hijos e hijas, incluso esclavos y esclavas, profetizaron (léase Joel 2: 28-32).
El Espíritu de Dios estaba en su interior (Ez. 36: 27), y se dispusieron a servir de corazón al SEÑOR. Con lenguas “como de fuego” designa el SEÑOR a cada discípulo como una lengua para el Señor Jesús. Desde ese momento, el Espíritu tomó la dirección de la obra de evangelización, por la cual también nosotros fuimos alcanzados.
El Espíritu de Dios: el primer don
Tan importante como el Espíritu de Dios es para la obra misionera, así lo es Él mismo para cada uno de nosotros. Según expresión de Pablo en Ro. 8: 23, hemos recibido el Espíritu como el primer don o primicias. Esto significa que por el Espíritu experimentamos, ya ahora, algo de lo que será más tarde.
En primer lugar, que el Espíritu Santo nos hace nuevas criaturas; que nos hace nacer de nuevo; que escribe la voluntad de Dios no sólo sobre papel, en la Biblia, sino también en la tabla de nuestro corazón.
A este respecto, recuérdese Jn. 3: 7-8: ¡Todo hombre y mujer debe nacer de nuevo! Con el Espíritu Santo ocurre como con el viento, dice Jesús: No sabes de dónde viene el Espíritu, pero oyes su sonido. Así nosotros tampoco sabemos cómo el Espíritu renueva nuestro corazón, pero oímos su voz: la propia Palabra de Dios en la Biblia. En segundo lugar, que el Espíritu permanece actuando en nuestra vida, de manera que también puedas ver la nueva vida. A lo cual Pablo, en Gá. 5: 22, lo llama: “el fruto del
Espíritu”. El amor, el gozo, la paz... son actuaciones concretas de ese Espíritu de Dios en nuestra vida.
En lo cual verdaderamente notamos que Dios escribe su voluntad en nuestro corazón. Por naturaleza, hacemos las obras de la carne que también se citan en Gá. 5; pero, si el Espíritu de Dios obra en nosotros, entonces comienza a crecer algo, a saber: el fruto del Espíritu. Por último, el Espíritu Santo hace que conozcamos verdaderamente a Dios como nuestro Padre; que podamos orar (Ro. 8: 15) y que veamos cuán ricos somos en Cristo. El conocer a Dios es, con toda razón, un anticipo, una garantía o prenda (Ef. 1: 14) del mundo nuevo. Ese Espíritu de Dios jamás lo tenemos en las manos, pero Jesús ha prometido muy categóricamente que nos lo da, si lo pedimos (Lc. 11: 9-13).
Llenos del Espíritu
La Biblia nos invita a: “Buscad el Bautismo del Espíritu Santo” o “Sed llenos del Espíritu” (Ef. 5: 18).
Pero, ¿cómo puedes hacerlo? Resulta muy claro por el texto paralelo de Col. 3: 16: - Dejando que la Palabra de Cristo more abundantemente en ti. Si lo hacemos así, los frutos del Espíritu se hacen visibles en nuestra vida (Gá. 5: 22). El Espíritu da a cada uno individualmente dones muy
diferentes (1 Co. 12), pero deja crecer en la vida de cada uno los mismos frutos. Esos frutos pueden desaparecer si contristamos al Espíritu (Ef. 4: 30). Como un niño desaparece de puntillas hacia su habitación cuando los padres discuten, así el Espíritu puede desaparecer de nuestra vida, cuando,
por ejemplo, damos lugar a la amargura y al enojo (léase Ef. 4: 31). Sin embargo, donde reina el Espíritu, florece la vida y ahí hay libertad.
La Confesión de Fe Apostólica profesa muy detalladamente la fe en Cristo, el Hijo de Dios. Pero acerca de la tercera persona de la Santísima Trinidad no dice más que esto: “Creo en el Espíritu Santo”.
Pero esto no quiere decir que los redactores de esta Confesión de Fe no supieran decir más que eso. Sencillamente ocurrió que en tiempos de la redacción de esta Confesión de Fe no era necesario combatir ningún error acerca del Espíritu Santo. Por lo demás, parece que el Espíritu Santo tampoco llamaba
mucho la atención. El Espíritu Santo se sentiría desconcertado si se dirigiesen a Él todos los focos de atención, pues Él mismo quiere hacer caer el haz de luz en Dios Padre y en el Hijo. El Espíritu llama la atención hacia el Hijo, y el Hijo hacia el Padre. (Ver los caps. 14 al 17 del evangelio de Juan).
Sin embargo, con esto no se dice que el Espíritu Santo sea insignificante e intranscendente. Pues en la Biblia queda claro que todo funciona por Él, aunque no en torno a Él. Esto se puede comparar con una madre (o quizá con un padre) de una familia muy atareada: todo funciona por medio de ella, pero no en torno a ella, al menos cuando todo va bien. Por eso en la Biblia leemos constantemente acerca del
Espíritu Santo, sin que Él exija ex profeso nuestra atención.
Individuos
Ya en la primera página de la Biblia nos encontramos con el Espíritu Santo: “Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gn. 1: 2). Por medio de Él la tierra fue hecha más que apropiada para ser ocupada por el hombre. Dios hizo todo “por el aliento de su boca” (Sal. 33: 6b). La palabra hebrea para indicar aliento, también puede ser traducida por Espíritu. Así pues, por su Espíritu creador y vivificador, Dios es no sólo Origen, sino también Conservador de la vida y de la creación. Cuando Dios envía su Espíritu, son creadas plantas, animales y hombres, y se suceden las estaciones
del año (Sal. 104: 30). En el Antiguo Testamento leemos también acerca de la acción del Espíritu en determinadas personas. En la mayoría de los casos, se trata de individuos que son preparados
para una tarea en la que deben servir a todo el pueblo. Recuérdense jueces (Jue. 3: 10; 6: 34; 11: 29), reyes (1 Sam. 16: 13) y especialmente profetas (Ez. 11: 5). Pero, en aquel mismo tiempo, el SEÑOR prometió muchas veces que daría su Espíritu a todos en una medida más abundante. A este respecto, podemos leer, entre otros pasajes, el de Ez. 36: 25-28, donde el SEÑOR promete una purificación de su pueblo, con esta promesa: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”. Y en Joel 2: 28-32, leemos: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobra toda carne”. Sin embargo, antes de que esta profecía pudiese cumplirse, primero debía llegar el Señor Jesús.
Jesús y el Espíritu Santo
El Espíritu de Dios reposó total y perfectamente en Jesucristo. Esto se hizo visible en su bautismo en el Jordán (Lc. 3: 21-22). Cuando poco después predicó sobre el texto: “El Espíritu del SEÑOR está sobre mí, por cuanto me ha ungido” (Lc. 4: 18), todos lo comprendieron: -¡Este pasaje se refiere a Él!
Pero Jesús también ha merecido el don del Espíritu como un don para todos nosotros:
“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en El; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn. 7: 38-39).
Pentecostés: el Espíritu sobre todos
El don que Cristo había merecido, fue derramado por Él mismo sobre toda la Iglesia en el día de Pentecostés (Hch. 2: 33). Con ello se cumplieron todas las promesas del Antiguo Testamento. Hijos e hijas, incluso esclavos y esclavas, profetizaron (léase Joel 2: 28-32).
El Espíritu de Dios estaba en su interior (Ez. 36: 27), y se dispusieron a servir de corazón al SEÑOR. Con lenguas “como de fuego” designa el SEÑOR a cada discípulo como una lengua para el Señor Jesús. Desde ese momento, el Espíritu tomó la dirección de la obra de evangelización, por la cual también nosotros fuimos alcanzados.
El Espíritu de Dios: el primer don
Tan importante como el Espíritu de Dios es para la obra misionera, así lo es Él mismo para cada uno de nosotros. Según expresión de Pablo en Ro. 8: 23, hemos recibido el Espíritu como el primer don o primicias. Esto significa que por el Espíritu experimentamos, ya ahora, algo de lo que será más tarde.
En primer lugar, que el Espíritu Santo nos hace nuevas criaturas; que nos hace nacer de nuevo; que escribe la voluntad de Dios no sólo sobre papel, en la Biblia, sino también en la tabla de nuestro corazón.
A este respecto, recuérdese Jn. 3: 7-8: ¡Todo hombre y mujer debe nacer de nuevo! Con el Espíritu Santo ocurre como con el viento, dice Jesús: No sabes de dónde viene el Espíritu, pero oyes su sonido. Así nosotros tampoco sabemos cómo el Espíritu renueva nuestro corazón, pero oímos su voz: la propia Palabra de Dios en la Biblia. En segundo lugar, que el Espíritu permanece actuando en nuestra vida, de manera que también puedas ver la nueva vida. A lo cual Pablo, en Gá. 5: 22, lo llama: “el fruto del
Espíritu”. El amor, el gozo, la paz... son actuaciones concretas de ese Espíritu de Dios en nuestra vida.
En lo cual verdaderamente notamos que Dios escribe su voluntad en nuestro corazón. Por naturaleza, hacemos las obras de la carne que también se citan en Gá. 5; pero, si el Espíritu de Dios obra en nosotros, entonces comienza a crecer algo, a saber: el fruto del Espíritu. Por último, el Espíritu Santo hace que conozcamos verdaderamente a Dios como nuestro Padre; que podamos orar (Ro. 8: 15) y que veamos cuán ricos somos en Cristo. El conocer a Dios es, con toda razón, un anticipo, una garantía o prenda (Ef. 1: 14) del mundo nuevo. Ese Espíritu de Dios jamás lo tenemos en las manos, pero Jesús ha prometido muy categóricamente que nos lo da, si lo pedimos (Lc. 11: 9-13).
Llenos del Espíritu
La Biblia nos invita a: “Buscad el Bautismo del Espíritu Santo” o “Sed llenos del Espíritu” (Ef. 5: 18).
Pero, ¿cómo puedes hacerlo? Resulta muy claro por el texto paralelo de Col. 3: 16: - Dejando que la Palabra de Cristo more abundantemente en ti. Si lo hacemos así, los frutos del Espíritu se hacen visibles en nuestra vida (Gá. 5: 22). El Espíritu da a cada uno individualmente dones muy
diferentes (1 Co. 12), pero deja crecer en la vida de cada uno los mismos frutos. Esos frutos pueden desaparecer si contristamos al Espíritu (Ef. 4: 30). Como un niño desaparece de puntillas hacia su habitación cuando los padres discuten, así el Espíritu puede desaparecer de nuestra vida, cuando,
por ejemplo, damos lugar a la amargura y al enojo (léase Ef. 4: 31). Sin embargo, donde reina el Espíritu, florece la vida y ahí hay libertad.
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El concepto clave en la creencia pentecostal es: "el Bautismo en o con el Espíritu Santo." Esto lo hallamos en los cuatro relatos del Evangelio; Mateo 3:11, Marcos 1:18, Lucas 3:16 y Juan 1:33. En estos pasajes vemos que Juan "El Bautista" bautizó en agua para arrepentimiento pero profetizó que, "el que es más poderoso que yo", Cristo, vendría después de él y que "os bautizará en (con) el Espíritu Santo y fuego." En Hechos 1:5, Jesús habla del cumplimiento de esta profecía: "Porque Juan, a la verdad, bautizó en agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo después de no muchos días." En el verso 8 del mismo capítulo, el Salvador continúa explicando: "Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra." Por esta razón, Cristo instruyó a sus discípulos a "Que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre, de la cual me oísteis hablar..." (vs.4); Después de la ascensión del Señor los discípulos en obediencia a Su mandato, retornaron a Jerusalén y junto con las mujeres y con los hermanos de Jesús "perseveraban unánimes en oración y ruego" (vs.14): Dos de los relatos de los evangelios también mencionan esto. Lucas 24:49. enseña que se les mandó a los discípulos "quedaos vosotros en la ciudad (Jerusalén) hasta que seáis investidos del poder de lo alto." Este es el origen de las "reuniones de espera" de los pentecostales, donde los que buscan el bautismo del Espíritu oran y esperan por este bautismo, lo cual es evidenciado por el hablar en lenguas. Marcos 16:14-20 nos informa que Jesús prometió qué señales seguirían a los que creyeran, echando fuera demonios, hablando en nuevas lenguas, bebiendo cosas mortales sin ser dañados, tomando serpientes y poniendo manos sobre los enfermos para sanarlos.
Todo esto llega a cumplirse en Hechos 2:1-4 cuando en el Día de Pentecostés ellos "fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en distintas lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen." Y dicen los pentecostales que esto pasó repetidamente a través del libro de los Hechos; a los Samaritanos (Hechos 8); Cornelio y su casa (Hechos 10); y a aquellos bautizados con el bautismo de Juan. (Hechos 19) Y la mayoría de los pentecostales creen que hubo más experiencias como estas como, por ejemplo, la conversión de Pablo.
Los pentecostales llaman, o consideran, este bautismo en el Espíritu Santo una experiencia crítica de la total recepción del Espíritu Santo. Ellos claman que esta experiencia crítica se describe en otras partes de la Biblia como: Ser "lleno del Espíritu," Hechos 2:4, Ef. 5:18; recibir "el don del Espíritu Santo", Hechos 2:38; Ser "sellados con el Espíritu Santo," Ef. 1:13; "Que nos ungió" con el Espíritu, II Corintios 1:21,22. Deberá comprenderse claramente en este punto, que los pentecostales no hablan mucho de una doctrina del Espíritu Santo o un Bautismo del Espíritu, pero sí, de la experiencia de aquello. Ellos enseñan que la experiencia de los apóstoles y los primeros cristianos puede y deberá ocurrir, sigue y seguirá ocurriendo en las vidas de los creyentes en la actualidad. Lo que se plantea es que la experiencia de la iglesia primitiva es normativa para la experiencia de los cristianos, hoy y por siempre.
aporte.
saludos.
IEP, Maipu.
que dios les bendiga y sigan con sus aporte
Los pentecostales enseñan que el "don del Espíritu Santo" se refiere al "bautismo en el Espíritu Santo", lo cual sigue al arrepentimiento y la conversión, y que se obtiene por medio del cumplimiento de las condiciones requeridas. El bautismo del Espíritu es evidenciado por el hablar en lenguas, dicen ellos. En Hechos 2 no se dice en ninguna parte que los tres mil que creyeron o aquellos que Dios agregaba diariamente a la iglesia, hablaron en lenguas. El sermón de Pedro también indica que cuando uno se arrepiente, éste recibe el perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo, pero no hay indicación de que el don del Espíritu siga a la conversión después de un tiempo, por medio del cumplimiento de condiciones.
Finalmente, Hechos 2 ciertamente señala la singularidad, la característica exclusiva del evento del Día de Pentecostés. La profecía ha sido cumplida, el Día del Señor ha venido, Dios empieza a llamar a Sus santos de todas las naciones, a través de Jesucristo crucificado, resucitado y exaltado, Quien derramó el Espíritu. En el Espíritu, Cristo ha venido a la Iglesia, llenando los corazones de los santos, a fin de llamar a aquellos que deben ser salvos.
¿Cuál es aquí la relevancia del hablar en lenguas? Que junto con las lenguas como de fuego y el sonido del soplar de un viento violento, aquellas eran señales. Esto significó para los ciento veinte, que Jesús vino para estar con ellos a través del Consolador, el Espíritu de la verdad que Él había prometido. Fue también una señal que aseguraba a la iglesia que por el Espíritu del Cristo exaltado, ellos estaban investidos del poder para predicar el Evangelio a toda nación como fueron comisionados. También fue ésta una señal para la multitud y para todos los que escuchaban a los apóstoles; una señal del poder y la presencia de Cristo en la iglesia primitiva. Por lo tanto, todos se asombraron, algunos dudaban, otros se maravillaban, otros se burlaban y cerca de tres mil de ellos fueron afligidos de corazón por la Espada del Espíritu la cual es la Palabra de Dios.
Aporte,
IEP, Maipu.
la gente no quiere ser confrontada con la palabra pero si quiere lo ruidoso y loco, mientras mas loco mejor.
Existe en nuestros días un terrible desprecio por el púlpito. La razón por la que un movimiento como el pentecostalismo puede hacer tal impacto, es debido a que la iglesia generalmente fracasa en interpretar la Palabra y la reemplaza con excelencia en discurso y sabiduría mundana en lugar de predicar a Cristo crucificado. ¡Las ovejas de Dios están hambrientas y sedientas y no están siendo alimentadas con el Pan y Agua de vida! Estas ovejas débiles y enfermizas están siendo barridas por los "sucesos" estrafalarios y espectaculares, junto con el entusiasmo del pentecostalismo. El tiempo vendrá "cuando no soportarán la sana doctrina; más bien..., apartarán sus oídos de la verdad, se volverán a las fábulas" (II Tim. 4:3-4). La orden de Dios es "¡Prediquen la Palabra!".
Hno. Walter.
Recién convertido asistí a una convocatoria pentecostal. Fue la primera y última vez que entré a una convocatoria de este tipo, porque lo que vi allí me espantó, y me hizo aborrecer el pentecostalismo para siempre. El "ungido" de turno, venido desde América, había sido anunciado por toda la ciudad con grande aparato propagandístico. Se invitaba a todos a venir al lugar en donde el "ungido" predicaría el "evangelio" y sanaría a todos los enfermos. Sentado en mi banca presencié, con dolor de corazón, lo que el príncipe de este mundo es capaz de inculcar en los corazones de sus siervos. El "evangelio" predicado fue una serie de textos que hablan de sanidad, muy mal interpretados, con los que bombardeó la psique de los presentes. Luego, el payaso religioso hizo levantar a todos los presentes (yo no me levanté) y a todos, inconversos y creyentes que habían en la sala, les hizo "rezar" ¡¡el Padrenuestro!! Y al fin, entre sollozos y a gritos, invitó a los enfermos "que tuvieran fe" que se levantaran sanados. No sanó a nadie. Y a la salida, vi a muchos de los enfermos llorar llenos de pena porque no habían sido sanados. ¿Son salvos estos hijos de Satanás y los que siguen sus enseñanzas? Más adelante supe que este "sanador" había tratado de curar a la hija inválida de un policía y como tampoco la sanó, tuvieron que meterse por medio varias personas a fin de evitar que el padre de la niña, viendo a su hija llorar desilusionada, le diera una paliza al "ungido."
Termino, pues, reiterando que, como en el romanismo, en las sectas falsas, en las religiones falsas, pueden haber elegidos de Dios en los grupos pentecostales o carismáticos, pero cuando éstos vienen a la Luz, salen de las tinieblas para sentarse a los pies del Señor, vestidos de salvación y en su juicio cabal para comprender, asimilar y predicar Sus verdaderas enseñanzas: el Evangelio de la Gracia Soberana de Dios.
J. CANDEAS.